Casi roto y sudoroso,
vacilante y dolorido
por la pena y el olvido.
Tú, que eres lo más hermoso,
nadie se atreve con gozo
a enjugar tu rostro santo.
¡Cuánto me aterra el espanto!
al ver tu rostro estampado
en el paño, que ha enjugado
las lágrimas de tu llanto.
jueves, 21 de agosto de 2008
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