¡Ay! mi Dios arrodillado,
de noche, en Gestsemaní,
¡Cuántos sudores!, por mí,
sufriste desconsolado
los horrores del pecado
de insensata Humanidad
que se llena de maldad.
¡Que el ángel consolador
sea mi alma, Señor,
y te colme de bondad.
miércoles, 20 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Acceder
|
Nueva Entrada
|
Configuración
|
Diseño
|
Edición HTML
|
Salir
No hay comentarios:
Publicar un comentario