No llores más Isabel
que tu marido no ha muerto.
Tu marido está lidiando
en el redondel del cielo,
donde no existe la muerte,
donde el vivir es lo eterno.
No llores más Isabel
que tu marido no ha muerto.
Las lágrimas ya no brotan
de tus ojos de misterio,
porque cascadas de llanto
dejaron tus ojos secos.
No llores más Isabel
que tu marido no ha muerto.
Desde allí te está mirando,
desde allí te está queriendo,
desde allí te está brindando
la muerte del toro negro,
del toro, que aquí en la tierra,
te llenó de desconsuelo.
No llores más Isabel
que tu marido no ha muerto.
Lo llevan a hombros las nubes
dando la vuelta en el cuelo,
porque el que es bueno en al tierra
ha de triunfar en lo eterno.
No llores más Isabel,
deja tu llanto ya quieto,
que ese amor que tú le tienes,
amor imperecedero,
compártelo con tu hijo
que te dejó el gran torero.
miércoles, 13 de abril de 2011
89.- A la muerte de Paquirri
Un veintiseis de septiembre,
en una plaza de pueblo,
el gran matador Paquirri,
el torero entre los toreros,
con su arte y con su valor
era maestro en el ruedo.
Cortó triunfante una oreja
en ese toro primero...
pero al salir el segundo,
Avispado, toro negro
con dos puñales por astas,
dos puñales traicioneros,
en un lance de su capa
quedó prendido en los cuernos.
¡Ay toro de mala vaca!
¡toro de pavor y miedo!
¡toro de cuernos sangrantes!
heriste a mi buen torero.
El aire resonó
un quejido, como un trueno,
la vida del matador
se iba en la arena perdiendo.
Ya no hay faena en la plaza,
el olé se hizo silencio
y un repeluco de espanto
se paseó por el ruedo.
Ya no toreas aquí,
ahora lidias en el cielo
para que los serafines,
en su barrera de ensueño,
peudan aplaudir tu arte
en el redondel etéreo.
Ya no brindas a los hombres,
ya brindas a los luceros...
En Pozoblanco triunfaste
y de allí volviste muerto.
El cálido sol de otoño
ya no pudo ver tu entierro
y se tapó entre las nubes,
nubes de luto y misterio.
en una plaza de pueblo,
el gran matador Paquirri,
el torero entre los toreros,
con su arte y con su valor
era maestro en el ruedo.
Cortó triunfante una oreja
en ese toro primero...
pero al salir el segundo,
Avispado, toro negro
con dos puñales por astas,
dos puñales traicioneros,
en un lance de su capa
quedó prendido en los cuernos.
¡Ay toro de mala vaca!
¡toro de pavor y miedo!
¡toro de cuernos sangrantes!
heriste a mi buen torero.
El aire resonó
un quejido, como un trueno,
la vida del matador
se iba en la arena perdiendo.
Ya no hay faena en la plaza,
el olé se hizo silencio
y un repeluco de espanto
se paseó por el ruedo.
Ya no toreas aquí,
ahora lidias en el cielo
para que los serafines,
en su barrera de ensueño,
peudan aplaudir tu arte
en el redondel etéreo.
Ya no brindas a los hombres,
ya brindas a los luceros...
En Pozoblanco triunfaste
y de allí volviste muerto.
El cálido sol de otoño
ya no pudo ver tu entierro
y se tapó entre las nubes,
nubes de luto y misterio.
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