Un veintiseis de septiembre,
en una plaza de pueblo,
el gran matador Paquirri,
el torero entre los toreros,
con su arte y con su valor
era maestro en el ruedo.
Cortó triunfante una oreja
en ese toro primero...
pero al salir el segundo,
Avispado, toro negro
con dos puñales por astas,
dos puñales traicioneros,
en un lance de su capa
quedó prendido en los cuernos.
¡Ay toro de mala vaca!
¡toro de pavor y miedo!
¡toro de cuernos sangrantes!
heriste a mi buen torero.
El aire resonó
un quejido, como un trueno,
la vida del matador
se iba en la arena perdiendo.
Ya no hay faena en la plaza,
el olé se hizo silencio
y un repeluco de espanto
se paseó por el ruedo.
Ya no toreas aquí,
ahora lidias en el cielo
para que los serafines,
en su barrera de ensueño,
peudan aplaudir tu arte
en el redondel etéreo.
Ya no brindas a los hombres,
ya brindas a los luceros...
En Pozoblanco triunfaste
y de allí volviste muerto.
El cálido sol de otoño
ya no pudo ver tu entierro
y se tapó entre las nubes,
nubes de luto y misterio.
miércoles, 13 de abril de 2011
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