Cuatro columnas de acero
sostienen tu cuerpo erguido,
¡la vaca que te ha parido
no pudo hacerte más fiero!
Tu testuz se alza enhiesta
oteando el horizonte,
como dueño de este monte
y guardián de la cuesta.
Tus pitones son puñales
que van iriendo la brisa,
y se desgarra sumisa,
en medio de los eriales.
Cuando lanzas el mugido
buscando pelea noble,
de terror se llena el roble
al mirarte enfurecido.
Allá a lo alto del monte
has subido pendenciero,
buscando a otro toro fiero
que señala el horizonte.
Cuando lo tienes delante,
dibujado en el trasluz
te lanzas con tu testuz
dejando huella sangrante.
De nuevo acometes fiero,
chocando entre sí los cuernos,
pareciendo dos infiernos,
las cuatro astas de acero.
Cuando acometes furioso,
aquel toro malherido,
en el campo se ha perdido,
y tú te alzas victorioso.
Lanzando un mugido airoso,
con la testa levantada,
proclamas a la manada
que eres el más poderoso.
miércoles, 9 de julio de 2008
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