El manto negro del cielo
bordado de estrellas blancas,
se aclara con luz de aurora
y las estrellas se apagan,
anunciando el nuevo día
de la sierra sevillana.
El gallo, reloj de campo,
entonando la alborada,
lanza a los cielos su canto
de garganta desgarrada.
Allá, entre los olivares,
con cuatro paredes blancas,
el cortijo va surgiendo
con la aurora blanqueada,
como paloma de paz
de alas blancas, muy blancas.
El cortijo, señorito
de nuestra tierra serrana
va despertando del sueño
con ilusión de labranza.
Sus ojos se van abriendo,
ojos de verdes ventanas,
y en la blanca chimenea
el humo al cielo se alza.
En la cuadra, ya las mulas,
reciben buenas brazadas
de paja, de rico grano,
de la refrescante alfalfa.
Los perros, que en el cortijo,
son de presencia forzada,
se despezan, alargan,
corren, brincan y ladran.
Las gallinas cacarean
la maternidad frustrada.
Las cabras, en el corral,
las cabriolas ensayan,
y las ovejas, tozudas,
fábricas de rica lana,
con balidos de quejumbre
rebullen en la majada.
La golondrina chillona
rodea la blanca casa,
y los grillos de la noche
enmudecen su sonata.
Todavía, en el arroyo
croan alegres las ranas
y un trasnochador mochuelo
cruza la verde enramada
buscando el hueco del árbol
que le sirva de morada.
Notas extrañas son éstas
de composición extraña,
que ha compuesto la Natura
en la sierra sevillana.
El cortijo, al medio día,
es distinto a la mañana.
Aquel bullir de la vida
se hace sonata cansada.
El sol rebulle en la cal
de paredes blanqueadas,
los perros duermen la siesta
a la sombra de la parra.
Las avispas, en las uvas,
practican ancestral danza,
y en las ramas de la encina
la reventona chicharra
forma monótona orquesta
de batuta acompasada.
El cortijo está dormido
con ton soñolienta nana,
mientras que el sol se derrite
sobre las paredes blancas.
En el cortijo, la tarde,
se hace cada vez más larga.
Ya se ha cansado el sonido,
la sinfonía es callada...
sólo se oye a lo lejos,
entre el murmullo del aura,
las campanas y cencerros
de la vuelta a la majada,
Las mulas vuelven deprisa
soñando en la ansiada cuadra
porque presienten, ya cerca,
el final de la jornada.
Los perros corren delante,
con el rabo entre las patas,
también vuelven soñolientos,
puesto que apenas si ladran.
Las sombras de los olivos
cada vez se hacen más largas,
y en el horizonte azul
el sol se hace naranja.
De pronto, la luz rojiza
se va convirtiendo en parda.
Las chicharras reventonas
enmudecieron, no cantan,
y en las piedras del arroyo
están charlando las ranas
las cosillas, que aquel día,
han sucedido en la charca.
La noche envuelve al cortijo
con manto de negra gasa.
Ya se han dormido los perros,
todavía alguno ladra
asustando del silencio
y le crujir de la enramada.
En las tapias del cortijo,
y en el poyo de la entrada,
un coro de negros grillos,
con monótona sonata,
llenan la paz de la noche
con notas acompasadas.
martes, 8 de julio de 2008
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